paleontología

Se ciñó con firmeza el cinturón. El protocolo marcaba que tenía que presentarse correctamente ataviado con sus herramientas de trabajo. Era una manera clara de informar quién y qué era a aquellos que no le conocieran.

Había llevado mucho tiempo llegar hasta este punto. Los restos eran tan colosales, tan titánicos que  el trabajo no acababa nunca. No los habían identificado como tales. Al principio los primeros paleontólogos confundieron los hallazgos con la orografía del terreno. Es normal. Huesos tan enormes podían ser confundidos fácilmente con grandes rocas, o restos vegetales de tamaño medio. Pero eran huesos.

Las teorías sobre qué y cómo eran habían sido múltiples y de todo tipo. Que si eran seres fantasmagóricos, que si se alimentaban del aire, que si lo de arriba era un ser  emparentado o no con nosotros, que si los apéndices superiores no eran lo suficientemente afilados como para resultar funcionales. Que si ésto, que si lo otro. ¿Y cómo eran estables con sólo dos patas? Pero había un enigma que no tenía respuesta hasta el momento de su teoría. Aquellos huesos no parecían encajar unos con otros. No estaban articulados. No había forma de acoplarlos juntos. ¿Por qué? Esa fue su gran aportación. Porque era un esqueleto interno. Aquellas enormes criaturas, decenas de veces más altas que nosotros, habían alcanzado ese tamaño gracias a un sólido y fuerte endoesqueleto.

Como es normal, los colegas y estudiosos se rieron de él. Pero sólo durante un tiempo. Tras mucho esfuerzo consiguió mecenazgo, y con su teoría en mente juntó un equipo de paleontólogos en formación. El primer cambio en la técnica de estudio consistió en palpar áreas más grandes, asumiendo que si había un hueso, cerca podía haber más. Y pertenecer al mismo ser. El segundo, trazar mapas de tamaño conveniente, lo que obligaba a los escultores a trabajar en equipo. Y el tercero, emplear excavadoras pesadas. A grandes problemas, grandes soluciones. Surgió una imagen inédita hasta entonces: seres de proporciones míticas, blandos por fuera.

Era lógico pensar que esa falta de solidez los obligaba a construir estructuras muy distintas a las nuestras. Hay paralelismos, claro. Construían herramientas y vehículos. Lo sabemos gracias a que hemos podido clasificar adecuadamente los restos. Pero su frágil carcasa sería claramente insuficiente para protegerse del clima. Así que necesitarían tener refugios para toda actividad. Eso marcó otro punto de inflexión, esta vez en la arqueología. Había que buscar grandes construcciones, realizadas para protegerse. Así que si tenían que esconderse, aquellas criaturas lo harían hacia abajo. Excavando.

Sabiendo donde fijarse, pronto hubo los primeros resultados. Pocos, pero aparecieron por todo el planeta. Túneles y cámaras interconectadas a grandísima profundidad en el suelo. De una perfección geométrica apabullante. Y dentro de ellas miles de restos óseos más. Claro que mucho mejor conservados, ya que no habían estado ni expuestos, ni fundiéndose con el terreno. En ellas, casi todos los esqueletos estaban juntos en la sala central, apelotonados. Parecían entrelazados. Pero no había duda, era toda una civilización en proporción al tamaño de sus integrantes. Todo de un tamaño extraordinario. ¿Por qué habían desaparecido?

Revisó nerviosamente de nuevo los aparejos. La visita de hoy lo apartaba de esa pregunta que tanto lo hipnotizaba. Como paleontólogo jefe le tocaba a él atenderla. Pero sería poco tiempo. Había mucho trabajo por hacer aún. Se relajó al sentir salir el Gran Sol Rojo frente a él. Aguardó un instante y entró en el salón. Bailó y zumbó las coordenadas de la excavación para su Reina.

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Cuento publicado

Cuento publicado originalmente en el blog Naikodemus.